Sudafrica y Namibia – Parte II

Hacia el Norte

Hoy hemos amanecido de nuevo con los primeros rayos, cada vez nos cuesta menos levantarnos (aunque yo dormiría 5 horas mas todos los días) y tras disfrutar con el amanecer en el desierto nos hemos dispuesto a disfrutar de otros bienes mas terrenales, un 10 para los desayunos africanos; Huevos, bacon, tomatito, tostadas, y café.


El camino de vuelta no ha sido tan duro como cuando lo hicimos el día anterior, imagino que ya nos vamos acostumbrando al movimiento de las motos con todo el equipaje, aun asi, no faltaron un par de sustos que acabaron de despertarme del todo.
Ese día condujimos por un atajo que nos había recomendado el coleguilla que nos echamos en Upington y la verdad es que acertamos de pleno. Era una carretera de grava bastante decente que nos permitía ir a 100km/h en la mayoría de tramos y además nos ofrecía un paisaje impresionante de la estepa, el desierto y alguna colina que tímidamente se nos interponía en el camino. Antes de llegar a la frontera con Namibia (333km) atravesamos aldeas solitarias en las que los niños corrían detrás de las motos y los adultos nos miraban extrañados para luego saludarnos sonrientes.
En la frontera el ambiente era de curiosidad y simpatía, mientras mi hermano y yo arreglábamos el tema de los papeles Susi grababa el momento y los guardias examinaban las motos preparando toda clase de preguntas sobre nuestro viaje.

Frontera Namibia

Lo mas curioso de esta parte fue que tuvimos que pagar una tasa por uso de la “carretera” (y me refiero a esa senda de grava y arena por la que íbamos…) en una aldea a unos km de la frontera donde una sudafricana de antepasados holandeses se había montado un videoclub-restaurante-cafetería que hacía a su vez de oficina de recaudación y donde no pudimos mas que parar a refrescarnos mientras su hijo (un rubio de ojos azules tostado por el sol) nos explicaba los pormenores de las carreteras en un mapa.

 
270km hasta Ketmanshoop y de alli una recta infinita de 220km hasta Mariental. Esa noche dormimos en Maltahohe, la entrada fue apoteósica porque en cinco minutos nos seguían todos los niños del pueblo agitando los brazos como locos y gritándonos para que aceleráramos o vete tu a saber lo que pedían. Creo que se pensaban que les íbamos a hacer un caballito seguido de un quebrado o algo asi porque se ponían como locos de contentos al vernos pasar.
 

De Maltahohe a Sesriem

Cartel parque sossusvlei4º dia, ya somos unos expertos en mantener el orden en las maletas y ni os cuento en montar y desmontar el saco donde van la tienda, los sacos y ciertos utensilios varios. Antes de salir hacia Sesriem nos hemos parado en un supermercado para comprar agua y comida pero aparte de formar corros de gente alrededor de las motos no hemos hecho mucho mas porque no había mucho alimento. Paramos en una panadería un poco mas adelante donde una señora muy simpática nos vendió pan para parar un tren, algo de jamón, empanadas (no podían faltar) y una especie de mortadela extraña que a pesar de que no tentaba mucho a la vista, luego estaba aceptable. Además de eso, nos hizo un super plano sobre la ruta que debíamos seguir hasta el Sesriem con tantas paradas turísticas que si le llegamos a hacer caso, igual todavía estábamos sacando fotos.

Paisaje de arena rojiza en Sesriem
Los baobab nuestros compañeros de ruta
Cruce de caminos

Y por fin, tras 180km de grava, arena y baches como para hacerte saltar los empastes llegamos a Sesriem, un camping al borde del Sossusvlei National Park. Estábamos a 40º por lo menos y con los trajes de goretex asi que ni siquiera el pobre servicio que nos ofrecieron en la recepción del camping nos minó las ganas de ponernos el bañador y darnos un baño, eso si, al ver el color verde opaco de la piscina y los ratones muertos secándose en el borde… cambiamos de opinión al momento.

Tras encontrar nuestro hueco, montar la tienda y hablar con grupos de españolitos que andaban por allí y que no podían dejar de mirar a esos colgados que acababan de llegar cubiertos de polvo y que habían dejado claro que era la primera vez en todo el viaje que dormían en tienda de campaña (y eso que tampoco lo hicimos tan mal…), nos pusimos cómodos y estuvimos un rato deambulando por el camping y disfrutando del atardecer en el parque.
Nuestro Chalete

El paisaje era increíble, las pocas montañas que se atrevían a emerger rocosas y escarpadas parecían sobresalir desde un acantilado infinito rodeado de lo que parecía ser niebla y no eran sino km y km de estepa blanquecina. A lo lejos se podían ver las primeras dunas del parque volviéndose cada vez más oscuras y pasando de rojo a granate y luego marrón, una multitud de colores que nos hacía quedarnos pasmados mirando al horizonte hasta que, sin casi darnos cuenta cayó la noche y llegó la hora de cenar y celebrar la Aste Nagusia con un buen kalimotxo. Cual fue nuestra sorpresa cuando, sentados en nuestro porche arenoso Alberto nos comunicó que se había colado y teníamos vino blanco en vez de tinto, fue un Kalimotxo extraño en un sitio extraño, pero aun asi estuvo bien y estuvimos echando risas hasta las 9 que nos fuimos a dormir para el día siguiente poder amanecer a las 5am.
Vista de Sesriem
El camping era un puro arenal

Sosussvlei

Nos hemos despertado con el ruido de los coches y el movimiento del camping, la gente se ha puesto las pilas, son las 5am y todavía es de noche. Muertos de frío nos echamos a suertes quien va el primero al baño, Alberto es el mas valiente y sale fuera mientras Susi y yo nos quedamos comentando la jugada de mi colchoneta pinchada durante unos minutos mas (tengo la espalda como un ocho). Cuando salí de la tienda, ya había una hilera de coches en la entrada del parque, la gente hacía cola para poder llegar a la cima de la Duna 48 antes de que amaneciera. 

 
La Duna 48 amaneciendo

Que frío dios mío, íbamos en pantaloncitos y jersey para prepararnos para el calor que pasaríamos luego y los 40km hasta la duna fueron muy duros, además por el espejo retrovisor comenzábamos a ver como el cielo empezaba a tener un color rojizo que preconizaba que el amanecer estaba cerca. 

Al llegar allí se nos quitaron todos los males, los primeros rayos empezaban a calentar desde primera hora y el paisaje y los colores cambiaban cada cinco minutos según como les diera el sol en su subida. Mil fotos, una caminata eterna hasta la cima y la rebozada de turno por una de las caras para bajar estilo croqueta… como niños. 
Escalando la duna
Disfrutando las vistas
La segunda parada del parque fue el Death Valley, una explanada de arcilla blanca poblada por árboles secos que parecían ser el recuerdo de las lluvias que hace tiempo que quedaron atrás. Para llegar hasta alli tuvimos que dejar las motos y coger un shuttle que te lleva por un bancal de arena de unos 5km con mas rodadas que en la guerra y por el que solo dejan pasar 4×4 porque lo demás se queda atascado si o si. Nuestro conductor era un poco kamikaze asi que nuestro desayuno a base de galletas de limón fue bastante agitado.
Arbol seco en Death Valley

Suakopund

Solitaire cartelTras coger la misma carretera de grava que nos habia llevado hasta las dunas llegamos a Solitaire, un pueblo que, haciendo honor a su nombre, es lo único que te encuentras en un cruce de caminos en medio del desierto. Tiene un bar-gasolinera-hotel totalmente turístico y si os soy sincera, la verdad es que yo he venido con la imagen de que ESO es el pueblo, porque haciendo un 360º no se veía nada mas por ningún lado.
 paisaje africa seco

Tras esa parada recuerdo dos cosas: Polvo y paisaje, creo que eso fue lo único que vimos hasta llegar a Swakopund, a 400km de Sesriem. El paisaje mas increíble fue un tramo de carretera que atravesaba serpenteando sobre una hilera de colinas perfectamente iguales que se perdían en el horizonte, la pena es que no me pude entretener mucho ya que se nos echaba el tiempo encima y todavía nos quedaba camino por delante. 
 
Swakopmund es una ciudad costera totalmente distinta a lo que habíamos visto hasta ese momento, la entrada a la ciudad estaba decorada con palmeras que le daban ese aspecto de ciudad de veraneo que luego se confirma cuando, desde la calle principal, observábamos la cantidad de restaurantes, tiendas y cybercafés que se extendían junto a los hoteles y B&B. Además vimos un barco encallado en la playa que, junto con la niebla que había y el sonido de las olas, le daba un aspecto bastante tétrico a la carretera.
carretera africa
arbol namibia
carrtera africana
Esa noche probamos el pescado Namibio y la carne de Orix (una especie de ciervo) y reservamos la mañana siguiente para hacer sandboard en las dunas, algo muy típico y por lo que nos habíamos hecho unos 1000km extras hacia el norte, tenía que merecer la pena.

Sandboard  

sandb1Amanece medio nublado en Swakopund, vaya clima mas extraño, ayer estuvimos a 35º y al llegar a la costa la temperatura bajó unos 15º y una niebla densa dejaba un sirimiri incómodo que mojaba sin darte cuenta. Sin embargo hoy al llegar al hotel donde habíamos quedado ya estaba levantando y se avecinaba un día de sol estupendo. Una pickup paró frente a nosotros y de ella se bajó nuestro guía, un negrito rastafari con un toque surfero super simpático que nos presentó a todo el equipo y nos pidió que les siguiéramos con las motos hasta las dunas. Una vez allí nos pusimos el equipo del sandboard que es el mismo que el snow solo que en vez de a 0º lo practicas a 30º y por arena jeje. Mi hermano se ganó el apodo de “speedy gonzalez” por su estilo bajando las dunas mientras yo intentaba explicarle a mi mente que efectivamente eso de ahí abajo era arena y no una nieve extraña. Susi se encargaba del reportaje fotográfico y no perdió detalle de nuestras estilosas bajadas 🙂

También nos dejaron probar el “lie down sandboard”, que aunque tenga un nombre tan técnico consiste en algo tan simple como en lanzarse por la cara mas empinada de la duna sobre una tabla de madera untada con grasa. Creo que tras probarlo, fue incluso mas divertido que de pie, alcanzabas una velocidad bastante considerable (60km/h) y siempre con la cosilla de que como perdieras la tabla, el piñazo que te dabas sería digno de ver (y vimos unos cuantos). 

sanb3 highway
 Tras una mañana de risas y charlas varias, la excursión acabó con una merendola a la orilla del mar con partidillo de fútbol incluido. La verdad es que hicimos muy buenas migas con los guías y nos dio pena no poder quedarnos mas tiempo para hacer otras actividades que ofrecía la duna, como el quad, por ejemplo, pero el haber subido tan al norte tenía sus consecuencias y teníamos que dar un rodeo por Windhoek para evitar tener que bajar de nuevo por las carreteras de grava por las que habíamos venido.

Condujimos hacia el este hasta la capital de Namibia, Windhoek y de alli llegamos a un pueblo llamado Redboth, el sol había empezado a esconderse y las temperaturas empezaban a bajar deprisa asi que mi ultimátum fue definitivo, dormimos aquí o me pongo los pantalones de goretex. Tras ver (y oler) el único B&B del pueblo nos pusimos los pantalones de moto y decidimos seguir adelante otros 175km hasta llegar a Mariental donde nos ofrecieron una casa enterita para nosotros solos (bueno y una araña enorme que moraba detrás del frigo) con su porche, su barbacoa y demás detalles que no íbamos a usar, pero que siempre mola encontrarse. Cenamos en el Wimpi, una cadena de comida rápida donde los camareros se partían la caja con nosotros y donde trabajaba Leroy, el bailarín de fama, que fue el que nos sirvió el desayuno al día siguiente.
Continuara…

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